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Descartes - Clase 1
 
La carta a los teólogos de la Sorbona

Descartes envía una carta a los teólogos de la Sorbona de París en donde 
encomienda el escrito a esos sabios y explica los propósitos y la necesidad de 
su escrito. Se intitula “Carta a los Señores Decanos y Doctores de la Sagrada 
Facultad de Teología de París”, y fue incluida por Ezequiel de Olaso en el libro 
Descartes – Obras escogidas, como texto previo a las Meditaciones, en la agotada 
edición de Charcas.
En esa carta encontramos un Descartes que no tiene el aspecto de un “padre 
fundador de la filosofía moderna”. Antes bien, encontramos un Descartes que se 
dice creyente, que presenta su escrito como un escrito cristiano, en defensa de 
las verdades de la fe contra los impíos o ateos, que humildemente encomienda su 
escrito a los teólogos, les pide que lo corrijan y completen porque dice no 
estar seguro de que no contenga ningún error. Podemos pensar que nada de esto es 
sincero. Que se trata de una gesto acomodaticio para ubicar su escrito en los 
ámbitos doctos, o para no ser perseguido, tal vez teniendo presentes las 
experiencias recientes de Bruno y Galileo. Descartes estaría disimulando. Puede 
ser. Pero al mismo tiempo hay que considerar que son tantos los elementos 
ligados al pensamiento religiosos que por lo menos habría que ser más cautos en 
relación con la “revolución” cartesiana, que de hecho existió. Sin dudas, con 
Descartes algo comienza, pero algo del pasado también permanece. Tal vez pueda 
decirse lo mismo de todo filósofo que se pretende “superador” de una tradición. 
Por eso, desde este punto de vista, hay que entender a Descartes como una figura 
de transición, e intentar determinar qué es lo “moderno” en Descartes y qué no 
lo es. En todo caso, la lectura directa de los textos de Descartes nos permitirá 
matizar las divisiones tajantes, los dibujos de trazos gruesos, que hacen ver 
pero al mismo tiempo ocultan.
¿Qué es lo “moderno” en Descartes? Descartes se dice creyente, pero esa fe (sea 
o no sincera) no participa de las razones filosóficas que conducen a ésta o a 
aquélla verdad. Es en este sentido que, claramente, Descartes comienza de cero. 
La filosofía lleva a Dios, sí, pero no parte de él: he ahí una importante 
diferencia con el pensamiento teológico. La filosofía gana en la modernidad 
autonomía como saber, y si todavía en Descartes se ocupa de Dios, podría no 
hacerlo, y de hecho pronto dejará de hacerlo.
Teniendo en cuenta lo que se afirma en la carta, lo moderno en la propuesta 
cartesiana residiría no tanto en los fines sino en los medios. Descartes afirma 
que la existencia de Dios y la distinción entre el alma y el cuerpo deben ser 
demostradas por las razones de la filosofía antes que por las de la teología. 
Los objetos que las Meditaciones pretenden alcanzar coinciden con los de la 
teología. Recordemos que el verdadero título de las Meditaciones es 
“Meditaciones sobre filosofía primera en las cuales se demuestran la existencia 
de Dios y la distinción real entre el alma y el cuerpo del hombre”. La 
diferencia es que se llegará a esas dos verdades a través de la filosofía, la 
“razón natural”, sin recurso alguno a las verdades de la fe. ¿Por qué la 
filosofía y no la teología? Porque, les dice Descartes a los teólogos, a 
nosotros los fieles nos basta la fe para creer que existe un Dios y que el alma 
no muere con el cuerpo, pero a los infieles hay que convencerlos por la razón 
natural. La teología no puede convencer a un espíritu lógico, porque cae en un 
círculo vicioso: dice que es preciso creer que hay un Dios porque así se enseña 
en las Sagradas Escrituras, y que es preciso creer las Sagradas Escrituras 
porque provienen de Dios.

“Siempre he considerado que estas dos cuestiones de Dios y del alma eran las que 
principalmente deben ser demostradas por las razones de la Filosofía antes que 
por las de la Teología: pues, aun cuando nos baste a nosotros los fieles creer 
por fe que existe un Dios y que el alma humana no muere con el cuerpo, no parece 
ciertamente posible que los Infieles puedan ser jamás convencidos de alguna 
religión, ni incluso de alguna virtud moral, si no se les prueba primero estas 
dos cosas por la razón natural (…) Y aunque sea absolutamente verdadero que es 
preciso creer que hay un Dios porque así se enseña en las Sagradas Escrituras, 
y, por otra parte, que es preciso creer las Sagradas Escrituras porque provienen 
de Dios… no se podría, sin embargo, proponer esto a los Infieles, quienes 
podrían imaginarse que se comete aquí el error que los lógicos llaman círculo.”

La filosofía será también el instrumento para demostrar la distinción 
alma-cuerpo y, por lo tanto, la supervivencia del alma, y convencer de ello a 
los infieles. Descartes se propone enfrentar las razones humanas que nos 
convencen de que el alma muere con el cuerpo, sabiendo que tampoco en este caso 
alcanza con que la fe diga lo contrario. Descartes se presenta como un “filósofo 
cristiano” que realiza un pedido del Concilio de Letrán, el de responder con 
argumentos los argumentos de los impíos. Las demostraciones que propondrá son 
aún más evidentes, dice, que las de la geometría. Descartes confía en que su 
escrito, corregido y completado por los teólogos, borrará del espíritu de los 
hombres todos los errores y falsas opiniones respecto de dichas dos cuestiones; 
en que los ateos, gracias al escrito, depondrán su espíritu de contradicción.


Recorrido general de las Meditaciones metafísicas

Ahora bien; lo que efectivamente sucede en las Meditaciones es otra cosa. 
Existe, pues, una tensión entre lo que Descartes efectivamente hace, y lo que 
dice (en la carta) que va a hacer. Si uno tuviera que dice qué es lo que, en 
realidad, hace Descartes, diría lo siguiente. En principio, no hay olvidar que 
Descartes era un científico. Como otros pensadores modernos, tales como Spinoza, 
Leibniz, e incluso Kant, Descartes eran un hombre de ciencia. En las 
Meditaciones Descartes, en tanto filósofo, se encarga de brindar una definitiva 
fundamentación filosófica a la ciencia moderna, en un contexto que, a nivel del 
pensamiento, está gobernado por una tensión entre pensamiento religioso y 
pensamiento laico. Bien leídas, las Meditaciones constituyen un escrito en favor 
de la ciencia. Siendo así, puede confundir el hecho de que Descartes, o el 
meditante, establezca la dubitabilidad de los sentidos y la razón que, como 
había dicho Galileo, son los dos únicos instrumentos legítimos en el estudio de 
la naturaleza. La explicación podría ser ésta: Descartes se pone momentáneamente 
en abogado del diablo, o sea de la Iglesia; construye entonces los argumentos 
con que el enemigo podría llegar a dudar de los sentidos y de la razón. También 
podría leerse de otro modo: Descartes les dice a los científicos que es 
necesario encontrar un fundamento filosófico para tener a los sentidos y a la 
razón por fuentes fiables de conocimiento, puesto que no se autofundamentan y, 
por lo tanto, están expuestos a las objeciones filosóficas del enemigo. 
Entonces, dado que existen razones filosóficas para dudar de los sentidos y de 
la razón, se requieren razones más fuertes, también filosóficas, para tenerlos 
definitivamente por confiables. Es importante tener en cuenta que la confianza 
en los sentidos y la razón como fuentes de conocimiento va a ser “recuperada” 
(hasta cierto punto) –esto sucede en las meditaciones cuarta, quinta y sexta. 
Puede resultar una ironía que Descartes haga descansar la legitimidad del saber 
científico en Dios, aunque se trate de un Dios extraño a la religión. Acaso un 
cierto espíritu de conciliación animaba el escrito del filósofo.
El recorrido general de las Meditaciones puede leerse como el movimiento de 
derribar, colocar los cimientos, y volver a edificar. Derribar lo que Descartes 
llama las “antiguas opiniones”, a través de la destrucción de sus cimientos (los 
sentidos y la razón); colocar los nuevos cimientos (el yo pensante, Dios); y 
levantar el nuevo edificio del saber sobre éstos nuevos y más firmes cimientos. 
Claro que el nuevo edificio del saber (la palabra “edificio” la propone el mismo 
Descartes) no será igual que el anterior, no tendrá exactamente los mismos 
contenidos, lo nuevo no es exactamente lo mismo que lo que estaba antes. La duda 
ha dejado sus huellas.
Descartes va en busca de un punto de apoyo firme, sobre el cual levantar todo el 
edificio.

“Para mover el globo terrestre de su lugar y trasladarlo a otro, Arquímedes no 
pedía sino un punto fijo y seguro. Así tendría yo derecho a concebir grandes 
esperanzas si fuese lo bastante afortunado como para encontrar solamente algo 
cierto e indubitable.”

Descartes encontrará ese apoyo en el yo-pensante, en la segunda meditación, 
luego de haber derribado, a través de la duda, el antiguo edificio, en la 
primera meditación. En otras palabras, habiendo dudado de los sentidos y de la 
razón, encuentra un punto firme en el pensamiento. El pensamiento es “más 
profundo” que los sentidos y que la razón, y será ese cimiento fundamental a 
partir del cual levantará el nuevo edificio del saber, en el cual, los sentidos 
y la razón tendrán su lugar. Partiendo de la verdad del pensamiento, Descartes 
llega a la existencia de un Dios veraz (tercera meditación), lo que le permite 
quitarse de encima la hipótesis del genio maligno, expresión máxima de la duda. 
Y este Dios veraz jugará un importante papel en los argumentos a través de los 
cuales Descartes irá paulatinamente restituyendo la confianza en los sentidos y 
en la razón.
En suma, de lo que se trata principalmente en las Meditaciones es de hacer la 
defensa filosófica de la ciencia frente a los ataques de la religión. Aunque es 
imposible dejar de percibir los ecos religiosos. Demostrar que Dios existe, que 
el alma sobrevive al cuerpo, entender el problema del error en términos análogos 
a aquellos en que la teología entendía el problema del pecado (cuarta 
meditación), son algunos de las cuestiones con resonancias religiosas presentes 
en el texto cartesiano. Además, Descartes fue criticado en su época, por 
ejemplo, por seguir pensando en los términos aristotélicos de substancia y 
accidente (el yo como una “cosa” cuyo atributo principal es pensar), como si el 
pasado se le colara al pensador que pretendía comenzar de cero. Parece haber, 
entonces, una segunda tensión, que tiene lugar en el propio pensamiento 
cartesiano, y que es la tensión entre lo nuevo, conscientemente articulado por 
Descartes, y lo antiguo, que irrumpe en su pensamiento, ya voluntariamente, ya 
involuntariamente. 
 